lunes, 3 de junio de 2013

HIJOS DE LA CHINGADA



Si la tristeza oliera, si el olvido tuviera un color, todo estaría en este lugar. Mujeres prostitutas de la tercera edad comparten un techo, ahí en el corazón de Tepito, en donde la expresión “Barrio Bravo”, cobra sentido entre señoras que por 10 pesos aún hay días en que salen a trabajar.

Casa Xochiquetzal, donde vive Ella. No recuerdo su nombre, recuerdo sus ojos, no me miraba, veía el horizonte. Era ella, no vendió su cuerpo, vendió su mirada. Cedió en una cama lo más íntimo que se tiene: el alma, la que alberga la esperanza de un futuro “prominente” o de menos con comida, con agua, con una pinche cobija para que no pase la gente aventando orines cuando tiene que dormir en la calle.


Pero como diría Octavio Paz, “somos hijos de la chingada”, hijos de la Malinche, de la vendida, la violada, la rasgada.

¿A quién le importa dónde quedaste, dignidad? ¿A quién le importan las razones por las que no encontraste oficio mejor que el de enroscar las piernas y apretar los ojos? ¿A quién le importa si contuviste el aliento o sentiste asco?
¿A quién? Si fueron tus hijos los que te aventaron a dormir ahí, en esta casa; donde huele a rancio, donde el moho es el único consejero de una anciana.

Ahí vive Ella, ahí vive con su toda perdida, con su vagina olvidada. Con una casa que lo mismo tiene sopa que nada, porque hay que esperar a que alguien done unos pesos.  Una mosca se posa en la peluca que ahora juega de pelo rojo. Hay hambre pero hay labial todavía porque se es grande pero siempre puta.

¡Ay, vida! Me sales debiendo. No habrá ayuda, ni miserias, ni migajas de pan
que le regresen a ella la vida que en algún colchón habrá olvidado.