Si la tristeza oliera, si el olvido tuviera
un color, todo estaría en este lugar. Mujeres prostitutas de la tercera edad
comparten un techo, ahí en el corazón de Tepito, en donde la expresión “Barrio
Bravo”, cobra sentido entre señoras que por 10 pesos aún hay días en que salen
a trabajar.
Casa Xochiquetzal, donde vive Ella. No
recuerdo su nombre, recuerdo sus ojos, no me miraba, veía el horizonte. Era
ella, no vendió su cuerpo, vendió su mirada. Cedió en una cama lo más íntimo que
se tiene: el alma, la que alberga la esperanza de un futuro “prominente” o de
menos con comida, con agua, con una pinche cobija para que no pase la gente
aventando orines cuando tiene que dormir en la calle.
Pero como diría Octavio Paz, “somos hijos
de la chingada”, hijos de la Malinche, de la vendida, la violada, la rasgada.
¿A quién le importa dónde quedaste,
dignidad? ¿A quién le importan las razones por las que no encontraste oficio
mejor que el de enroscar las piernas y apretar los ojos? ¿A quién le importa si
contuviste el aliento o sentiste asco?
¿A quién? Si fueron tus hijos los que te
aventaron a dormir ahí, en esta casa; donde huele a rancio, donde el moho es el
único consejero de una anciana.
Ahí vive Ella, ahí vive con su toda
perdida, con su vagina olvidada. Con una casa que lo mismo tiene sopa que nada,
porque hay que esperar a que alguien done unos pesos. Una mosca se posa en la peluca que ahora
juega de pelo rojo. Hay hambre pero hay labial todavía porque se es grande pero
siempre puta.
¡Ay, vida! Me sales debiendo. No habrá ayuda,
ni miserias, ni migajas de pan
que le regresen a ella la vida que en algún colchón habrá olvidado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario